Lugares del mundo: 2015

lunes, 17 de agosto de 2015

4 ciudades del mundo que hay que visitar del mundo que hay que visitar

Lisboa, Portugal



A veces resulta doloroso recurrir a los tópicos. Pero lo cierto es que cuando alguien se aleja de la capital portuguesa siente añoranza en el alma. Melancolía, tristeza por la pérdida de esas calles estrechas que se elevan rumbo al cielo alejándose del mar. Aunque quizás todo sea por la luz. Esa luz transparente, blanca y sutil que ha iluminado cientos de poemas escritos a primera hora del día. “Recibí el anuncio de la mañana, la poca luz fría que da un vago azul blanco al horizonte, como un beso de gratitud de las cosas. Casi lloro, viendo aclararse ante mí, debajo de mí, la vieja calle estrecha. Cuando los cierres de la tienda de la esquina ya se revelan castaño sucio en la luz, mi corazón siente un alivio de cuento de hadas verdaderas”. Fernando Pessoa habla, y por cada palabra Lisboa responde con imágenes que ya son eternas: un tranvía, una taberna, plazas con flores… y un café, A Brasileira, convertido en el mejor lugar del mundo para leer el periódico o, por qué no, otro libro de poemas. “En su resplandecer de azul y río. En su cuerpo amontonado de colinas”… Sophia de Mello también se enamoró de esos colores mágicos que pintan cada segundo a Lisboa, incluso en pleno invierno. Una ciudad triste en los fados y alegre en las canciones de sus músicos callejeros. Marinera al borde del Tajo, que es ya aquí océano, y soñadora entre las almenas del castillo de São Jorge, desde el que la vista se pierde en entramados complejos de rúas y barrios.

Amsterdam, Paises Bajos



Ámsterdam es ese lugar en el que el todo es posible se hace realidad, donde lo mismo te sorprendes a ti mismo admirando gigantescos retratos de milicianos del siglo XVII en una recoleta galería de arte al aire libre en pleno centro que dejas volar tu imaginación en el Beginhof, un patio de beguinas del siglo XVI que sirvió en sus tiempos para alojar a mujeres solteras y piadosas que no deseaban tomar los hábitos. Es realmente hermoso, muy tranquilo, con un jardín bien cuidado, que nos recuerda que esta ciudad de agua, luminosa y azul, también piensa en verde. Y, como muestra, el Vondelpark, un parque de 45 hectáreas con más de 127 tipos de plantas y un centenar de árboles. Un espacio único donde tumbarse en el césped como hacen los holandeses, patinar o montar en bici antes de regresar al hogar. Un hogar que bien pudiera estar en el Zeeburg, una zona en la ribera del Ij a la que muy pocos viajeros llegan y muchos suspiran por vivir en ella. Hay aquí islitas de diseño, un museo en forma de barco –el Nemo, de Ciencias–, un puente rojo que se retuerce sobre el agua como una serpiente y residencias de vecinos en el cuerpo de una ballena. Virguerías arquitectónicas que desafían la ley de la gravedad y que devuelven a Ámsterdam su verdadera vocación: la de ir siempre por delante de las vanguardias.

Berlín, Alemania



Junto a sus palacios e iglesias, los káiseres levantaron, en una isla artificial sobre el río Spree, un conjunto de museos para guardar y mostrar sus tesoros. Tal fue la cantidad de piezas que acumularon con los años que hubieron de construir cinco grandes museos para albergarlas. La joya de la Isla de los Museos es el fabuloso Museo de Pergamon, que acoge el reconstruido altar del siglo II a.C. de la ciudad griega de Pérgamo.
Hay, sin embargo, una colección que no tiene rival: el Museo del Muro. Instalado a pocos metros del antiguo paso fronterizo de Checkpoint Charlie, un portero híbrido, medio policía, medio payaso, invita a revivir la odisea de los alemanes que se atrevieron a franquear el Muro. Checkpoint Charlie era la puerta de salvación. En su lugar se alza hoy una Estatua de la Libertad clonada y dorada.
En Berlín, claro, la historia hebrea pesa mucho. Pero no todo son referencias dolorosas: Scheunenviertel, la judería histórica, es uno de los barrios más animados de la ciudad, lleno de restaurantes, galerías de arte y clubs nocturnos. En la calle Oranienbuirger, en el nº 28 se halla la imagen más reconocible de la comunidad hebrea: la cúpula dorada de la Nueva Sinagoga.

Budapest, Hungría



La capital húngara, una de las ciudades más líricas y embrujadoras de Europa Central, se ha convertido en un destino, casi, de culto. Su aspecto más superficial es ya de por sí capaz de producir un amor a primera vista. Es una ciudad con dos partes como cosidas por este hilo de sutura que es el Danubio, cuyas aguas transcurren por entre sus barrios históricos: las colinas exuberantes de vegetación de Buda, coronadas por el Castillo Real en la orilla derecha; y el comienzo de la estepa húngara en Pest, en la orilla izquierda, donde se halla el neogótico edificio del Parlamento, con su cúpula, sus torreones y otras filigranas arquitectónicas. Las dos orillas están unidas por una serie de elegantes puentes colgantes (el de Isabel, el afrancesado puente de Margarita, el imperial puente de la Libertad, el de las Cadenas…). Varios transbordadores cruzan el río de un lado para otro y cada pocos minutos sus aguas se ven agitadas por los motores de las barcazas y las embarcaciones de recreo que pasan frente a los hoteles de lujo, los restaurantes al aire libre, los parques y jardines públicos primorosamente cuidados. Cuando todo este conjunto está iluminado, cuando la silueta de los puentes centellea bajo la luz de una miríada de focos, la imagen que se refleja en el Danubio es una joya. Crónica e historia, conquistadores, invasores y pacificadores, guerras y revoluciones han dejado a lo largo de los siglos huellas indelebles en la bellísima capital de Hungría, cinco veces destruida y cinco veces reconstruida sobre sus ruinas. Pero tras siglos y siglos de peripecias, de tanto luto y destrucción, ¿cómo es hoy Budapest?